Marcos llegó a verme con una carpeta.
Dentro, los extractos de tres productos financieros que había contratado por su cuenta en los últimos cinco años.
“Son los más baratos del mercado. Sin comisiones. Me he ahorrado un dineral.”
Le pregunté cuánto había ganado en esos cinco años.
Se quedó callado un momento.
“Pues no lo sé exactamente.”
El coste que se ve y el que no se ve
Hay dos tipos de costes en una inversión.
El que aparece en el contrato: comisiones de gestión, custodia, entrada, salida.
Y el que no aparece en ningún sitio: el coste de no saber qué hacer, de vender en el peor momento, de no tener un plan cuando los mercados caen.
El primero es fácil de comparar. El segundo es invisible. Pero suele ser mucho más caro.
Marcos había optimizado el coste visible. El invisible lo había pagado sin saberlo.
El problema no es fijarse en el coste
Que el coste importa, importa.
Una diferencia de un punto porcentual en comisiones, acumulada durante veinte años, puede representar una cantidad significativa de tu patrimonio final. No es un detalle menor.
Pero el coste es una variable más, no la única.
Y cuando se convierte en el único criterio, deja de ser una ventaja y se convierte en un problema.
Lo que suele pasar
La persona que elige siempre lo más barato tiende a hacer una cosa: gestionar sola.
No por elección consciente. Sino porque los productos de bajo coste suelen ir sin acompañamiento.
Y gestionar sola, sin un plan claro, sin nadie que te diga qué hacer cuando la cartera cae un veinte por ciento, tiene un coste.
Ese coste se llama tomar malas decisiones en el peor momento. Ya lo analicé en este artículo sobre el behavior gap: el inversor que sabe la teoría y aun así vende cuando el mercado cae.
Vender cuando toca aguantar. No invertir cuando toca entrar. Cambiar de producto cada vez que aparece algo nuevo que “lo hace mejor”.
Ninguno de esos errores sale en la factura. Pero salen en el resultado final.
La pregunta correcta no es “¿cuánto cuesta?”
Es “¿qué me va a costar no tenerlo?”
El coste de un buen asesoramiento se puede calcular. El coste de no tenerlo también. Pero solo se ve cuando ya ha pasado.
Marcos tenía los productos más baratos del mercado. Y cinco años después no sabía cuánto había ganado.
Eso también es un coste. El caso más extremo que conozco es el de Peter Lynch y el fondo Magellan: el mejor fondo de su generación, y el inversor medio ganó menos que el mercado general.
Si quieres revisar tu situación, hablamos.